Año Nuevo, música de siempre

Año Nuevo, música de siempre

Gijón recibe 2012 con el tradicional concierto y con Beatriz Díaz como soprano invitada.

Hubo un poco de todo en el concierto de Año Nuevo celebrado ayer en el Teatro Jovellanos. Por haber hubo hasta sidra para brindar y canción ad hoc con «El canto a la sidra» de La pícara molinera. Eso ocurrió justo cuando el recital, con lleno absoluto del patio de butacas al gallinero, cerraba su primera mitad.

Al mando de la batuta, Óliver Díaz, siempre tan sugerente, modulando las armonías en las proporciones justas, sin prescindir de la pasión que le identifica y que puso a disposición en los atriles de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Gijón, cuyo coro estuvo dirigido por la titular del mismo, Beatriz Suárez Rodríguez de Trío, con aliento cromático y vibrante.

Como soprano invitada, Beatriz Díaz, una de las últimas revelaciones de la lírica asturiana, quien ya ha triunfado en La Fenice, de Venecia, y ha recibido las más entusiastas críticas este mismo año tras su paso por el Teatro Colón, de Buenos Aires. No hizo más que confirmar el enorme talento del que llegaba precedida, de timbre diáfano en un rico abanico de matices. Estuvo por momentos grandiosa y en los agudos absolutamente portentosa. Tanto que fue ovacionada por el público y hasta el propio director.

Se abrió la velada al compás de Franz Lehár, brillando la OSIGi en la introducción al Acto II de la más famosa de las operetas, La viuda alegre, de cuya obra se prosiguió mediante la «Canción de Vilja». «Mis labios», de Giuditta, cerró el apartado dedicado al compositor austro-húngaro. El ambiente del Jovellanos, in crescendo.

Turno para el legítimo heredero de Verdi, Giacomo Puccini, con el maravilloso «Coro a boca cerrada», de la exótica Madama Butterfly, y el «Vals de Musetta», de La bohème. Japón y París redivivos, pues la música sopla donde quiere.

La tradición de nuestros lares llegó a través del «Intermedio» de La Montería, de Jacinto Guerrero, esa zarzuela cruzada de tango milonga.

Del romántico y melodioso Léo Delibes –por cierto, tío-abuelo del escritor Miguel Delibes–, se ofreció «Canción española», de Les filles de Cadix, antes de concluir la primera parte con seguidillas de Barbieri y el «Vals de Angelita», de Manuel Fernández Caballero.

La segunda mitad se inició transportando a los espectadores a la «Obertura» de Loco por las chicas, de Gershwin, en la que se pudo soñar con Judy Garland.

La elección de temas de Leroy Anderson, sin salir de Hollywood  –es autor de la música de «101 dálmatas»– recayó en «¡Plink, plank, plunk!» y «La máquina de escribir».

Naturalmente, no faltaron los valses y las polcas de la familia Strauss, así como dos piezas de Josef Hellmesberger, «Danza guitarra» y «Pies ligeros». Un repertorio intenso, variado y disfrutado gozosamente por el público.

El Comercio y Comunicación Lírica Pura, 2 de enero de 2012



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