«Cuando tenía 6 años, la nena ya se sabía de oído 7 canciones asturianas»


«Cuando tenía 6 años, la nena ya se sabía de oído 7 canciones asturianas»

El intérprete de tonada Ricardín el de Boo ensayaba sin darse cuenta de que su hija, la soprano Beatriz Díaz, no perdía nota.

Él ensayaba sin darse cuenta de que tenía una oyente que no se perdía ni una nota: su hija Beatriz. Y un día, Ricardo Díaz, Ricardín el de Boo, descubrió que su hija de 6 años ya se sabía de memoria un repertorio de siete canciones. Aquella nena precoz pronto empezó a asombrar en los concursos sin sospechar que se convertiría, con el paso de los años y el poso de los estudios, en una soprano que pasa nueve meses al año fuera de casa dando la nota más alta.

Amelia, ¿qué día nació Beatriz?, pregunta Ricardo Díaz a su esposa. Y Amelia responde: el 25 de marzo de 1981. La soprano Beatriz Díaz nació en el hospital de Oviedo, pedía paso, quería empezar a poner a prueba la voz cuanto antes mejor, y a las once de la noche vino al mundo sin hacerse esperar, «fue llegar y salir, un poco más y nace en la puerta». Y Ricardo, más conocido como Ricardín el de Boo en el mundo de la canción asturiana, se llevó un pequeño chasco: «Yo quería un neno porque ya tenía una cría, mecagüenlamar». Pero aquella desilusión pronto se fue a hacer gárgaras cuando la nueva nena de la casa entró en acción: «inquieta, despierta, muy hábil, muy buena estudiante…». Y, de repente, una voz privilegiada: «Cuando tenía 6 años me di cuenta de que sabía ya 7 canciones de oído, de escucharme a mí ensayar, porque yo no me di cuenta antes».

«Ni en el mejor momento pude soñar lo que llegaría a ser. Cuando la mandé a estudiar música y canto no era pensando que haría ópera, sino para que fuera una gran cantante, que supiera leer música, seguir una partitura, todo lo que el padre no sabía». Pero antes de ese aprendizaje, Beatriz supo lo que era cantar en romerías, en fiestas, en concursos de canción asturiana donde su precocidad asombraba. «”¡Trae a la chiquilla, Ricardo”, me decían, y cobraba como los demás, ¿eh? Una nena con 6 años, y con esa fuerza, no lo esperaba nadie, y sorprendía muchísimo. “Cuando seas mayor qué serás”, le preguntó Carlos Jeannot en un programa de la televisión. “Seguiré cantando canción asturiana”, dijo ella. Y ya ves…».

La ópera exige algo más que corazón: mucha formación. Y constancia. Pero hace falta, además, un don: «Y Beatriz lo tiene». Recuerda la primera vez que se sentó en un palco para verla actuar. Ella tenía 19 años. Madrid, nada menos. Navidades. «Mi mujer y yo quedamos deslumbrados. Aquello, como padre, me marcó, hubo un antes y un después. Fue…». Le faltan palabras. No son necesarias. Orgullo, satisfacción, alivio: «Hoy tengo la seguridad de que no le pasará nada malo en el escenario, que ya tiene la formación necesaria para salir adelante. Tiene la cabeza sobre los hombros en un mundo en el que es muy fácil perderla. Y con un sello de identidad que la hace distinta, no basta con tener una buena voz. Se necesita algo más para destacar. Y lo seguirá desarrollando porque sigue siendo como cuando era cría: un traste, muy inquieta, pero estudiando era una máquina».

Y ahora viene la etapa más dura: intentar el asalto a las plazas más difíciles. ¿Por qué no el Metropolitan? Con los pies en el suelo y la cabeza en el sueño: «Las caídas suelen ser bestiales si no es así. Los cantantes salen en la prensa, los aplauden, todo es muy bonito, tocan el cielo con los dedos… y a la media hora están solos en el hotel. Muy solos. Pasan de lo sublime a la soledad. Tienen que ser de una pasta especial. Beatriz es muy normal, como si fuera un trabajo cualquiera, tiene la suerte de hacer lo que le gusta y encima la aplauden». Ahora ya no puede cantar con ella. ¡Cualquiera lo hace! «No puedo entrar ni a pares, me abrasa. Tenemos un perrín, “El Pepe”, y cuando ella canta, la acompaña, le hace el coro. Hágolo yo y ni caso. Ye una comedia».

Beatriz lo ve como algo natural: «Papá ensayaba en el baño y yo estaba jugando en la habitación de al lado. En casa no había discos de ópera, mis padres no iban al teatro (¡pisé uno a los 19 años!), sólo escuchaba a mi padre, y cuando me di cuenta me sabía varias canciones de memoria y él me llevaba a fiestas, a concursos. “La nena ye buena, ¿eh?”, decían, “cómo afina”». Y más que afinó cuando entró en el Conservatorio de Moreda, recién inaugurado, tenía 6 añinos y admitían sólo con 7 pero la cogieron igual. «El piano me gustó menos, pero cantar… cantar era lo mío». Lo suyo, su destino, el sueño paciente de una niña que a los 3 años guardó su primer recuerdo, y no precisamente feliz: «Pasé la púrpura, una enfermedad muy rara, la piel se me puso llena de manchas rojas, no podía caminar y con lo inquieta que era yo, tenerme quieta era misión casi imposible. Seis meses ingresada, aislada. Qué mal lo pasé. Veía a mis padres al otro lado del cristal y les gritaba: “¡llevaime a casa, quiero salchichines para comer!”. Como si lo estuviera viendo ahora. Salí palante dando guerra».

Su amor por la ópera fue casual. Una evolución. Y un día pisó por primera vez el Campoamor, se alzó el telón y Romeo y Julieta cantaron para ella sus amores prohibidos: «Allí estaba yo, con la boca abierta, que no se acabe nunca, por favor, que no se acabe nunca». Ahora pasa nueve meses fuera de casa, se pierde muchas cosas: «Cuando se casó mi hermana comí y me fui corriendo al Campoamor. Y en el bautizo de mi sobrino no estaba. O cuando mi güelita estaba muy malina, no pude estar todo lo que quería con ella. Tienes la maleta siempre preparada pero… también le acabas cogiendo el gusto. Lo fundamental es que tengo el apoyo de toda la familia, y, por supuesto, de mi marido. Nunca me dijeron: ¡tas loca! Que te pongan todas las facilidades te hace mucho más fuerte».

Y que quede claro: esta mujer que algún día sentirá cómo se le esponja el corazón poniendo voz al dolor de la Mimí de «La Bohème» sigue siendo la misma. «Soy hija de minero que tien vaques y pites, y mi madre ye maestra. Y muy orgullosa de serlo. Nunca renegaré».

Hace años estuvo en Venecia y su esposo le hizo una foto bajo el cartel de la Fenice. «Algún día cantarás ahí», me dijo. «¡Tú sueñas!», le dije yo. «Y tres años después canté allí dos veces». No tiene metas: así se ahorra decepciones. «No sé si es un error, pero soy feliz. Si viene más… será bien recibido. Ver veremos». Y la oiremos.

«Quería ser como Whitney Houston»

Se reían de ella en el cole: «Ah, ¿tú cantas asturianadas? ¡AaAAaaAa…! Luego fue peor: ah, ¿tú cantas ópera? ¡UuuUuuUuUu! Del aaaaa al uuuuuu, ya ves». Y se ríe, feliz con los recuerdos que la conducen hasta aquí: «Mi maestra de música, Elena Pérez Herrero, me dijo: “Si quieres técnica, la canción asturiana no te ayudará. Plantéate dejarlo”. En realidad, yo quería ser farmacéutica y me gustaban Whitney Houston y Mariah Carey. Llegué a llamar al programa “Lluvia de estrellas” para imitar a Whitney, pero no me devolvieron la llamada».

Ellos se lo perdieron. Cuando arrasó en el prestigioso concurso «Viñas» no esperaba nada: «Mi mayor ilusión era: voy a pisar el Liceo. Como si no fuera a concursar, por placer. El día de la final llamé a Jorge, mi marido: estoy como un toro, como cante como tengo pensado me salgo. Hoy o nunca». Y así fue, y el abrazo con su padre cuando empezó la lluvia de galardones fue de los que no se olvidan. «Mi padre llora siempre conmigo, pero luego es muy crítico, no sólo me acaricia la espalda». Luego llegaron algunos de los mejores teatros del mundo, e incluso dijo no a la Scala porque no le convencía la obra, aún no era el momento: «Si tiene que llegar, llegará». Y la encontrará estudiando, preparándose, moldeando su voz: «Pasará lo que tenga que pasar y lucharé para que pase».

La Nueva España, 6 de agosto de 2011 (De tal palo)