«Don Pasquale es una ópera que se deja querer»


«Don Pasquale es una ópera que se deja querer»

Beatriz Díaz fue hija de minero antes que soprano de prestigio internacional. Quizás por eso no se le atisba ni un solo rasgo de «prima donna».

Alberto PIQUERO

Se envuelve en una permanente sonrisa. Viene de triunfar en Tokio y a partir del domingo será la protagonista en el Teatro Campoamor de la popular ópera de Donizetti, «Don Pasquale», en el papel de Norina.

– ¿Cómo se llega de las cuencas mineras a Salzburgo, para cuyo festival la eligió ni más ni menos que Ricardo Muti?

– Sí, puede ser un trayecto un poco atípico. Muti me escuchó en una audición en Italia y tuve esa gran suerte. Se necesita trabajo, esfuerzo, paciencia… y esperar que llegue el momento, porque en este oficio hay gente de una calidad extraordinaria. Yo comencé a cantar de chiquitina, de un modo natural, pero no asistí a la primera ópera hasta los diecinueve años.

– ¿Salzburgo fue el salto definitivo?

– Antes, el Premio Francisco Viñas, a partir del cual me dieron papeles más jugosos, aunque los secundarios son igual de importantes.

– Ahora llega al Campoamor con «Don Pasquale». ¿Una ópera bufa o algo más que eso?

– Yo pienso que es la ópera ideal para acercar el género a quien no le resulte muy conocido. Tiene una música que entra sola y unos diálogos fáciles de comprender. Es una ópera que se deja querer…

– También, con su toque romántico…

– Le damos una vuelta de tuerca, situándola en 1930 y con un lenguaje actual. Transcurre a bordo de un crucero y Malatesta y yo somos un par de timadores. Y, sí, hay amor, que nunca puede faltar, aunque sea amor bufo.

– Su papel tiene la complicación interpretativa del desdoblamiento, es Norina y la falsa Sofronia…

– Sí, paso de monja recatada a ser un huracán, una macarra, que hace que Don Pasquale se pregunte de dónde salió esta fiera… Es difícil, teatro dentro del teatro, pero muy divertido.

– Y los especialistas dicen que las exigencias musicales del rol tampoco son menores, ya desde la presentación con notas sostenidas y varias vocalizaciones. ¿A qué tipo de soprano se adscribe?

-Yo diría que soy una soprano ligera con tendencia a lírica. La voz se va redondeando, yéndose al centro, a medida que cumples años. En general, la partitura es muy exigente, con cuatro personajes que han de sostener dos horas de música.

– ¿Cuál de los dos directores, escénico y musical, Carreres y Conti, ha usado más el látigo?

– No me gusta el látigo. Ni la fusta (ríe). Vienes con una idea preconcebida y ellos te modifican, pero a partir de un trabajo constructivo. Aunque para mí todo es nuevo, soy la única debutante, al contrario que Carlos Chausson, quien lleva un montón de representaciones, es la personificación misma de Don Pasquale. Las partituras se van asimilando con el tiempo y siempre encuentras matices inéditos.

– El año pasado hizo de Liù, la esclava de «Turandot», también en el Campoamor, con el segundo reparto. ¿Es diferente cantar en terreno conocido?

– Cantar entre los tuyos es un privilegio. Esta es una carrera mucho más solitaria de lo que parece, y aquí no sé si puedo decir que me siento como profeta en mi tierra; pero sí es verdad que me siento muy querida.

– ¿Qué tal fue la experiencia con «La Fura dels Baus» en «Carmina Burana»?

– Tuve una nueva visión del teatro (ríe con ganas)…, a siete metros de altura. Me había preparado psicológicamente y la manera de trabajar de la Fura, impecable, me ayudó mucho. El Campoamor, que tiene fama de clásico, aplaudió en pie la última función.

– ¿Qué música escucha en casa?

– ¿La verdad?… Ninguna… Sea el género que sea, estoy más pendiente de la respiración y la emisión de quien canta, que de disfrutar… Así que descanso.

█ El Comercio, 13 de noviembre de 2013