Réquiem por Jaime Álvarez-Buylla, «un ovetense absoluto»

Réquiem por Jaime Álvarez-Buylla, «un ovetense absoluto»

Beatriz Díaz, Gabriel Ureña y el coro Tesitura ponen música a una emocionada despedida al presidente de la Filarmónica

 

Cuando Margarita Álvarez-Santullano y Jaime Álvarez-Buylla se casaron en 1958 en la iglesia de Santa María La Real de la Corte sonó el aria «A te, o cara», de la ópera Il Puritani, de Bellini. Ayer volvió a escucharse en otro templo del Oviedo intramuros, en la iglesia de San Isidoro el Real. En esta ocasión fue para decir adiós al eminente traumatólogo y experto melómano fallecido la noche del pasado jueves a los 88 años de edad. San Isidoro se llenó media hora antes del inicio del funeral por el presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Cuando llegó la familia, arropando a la viuda, el templo ya estaba lleno. «Le quería tanto que hasta me parecen normales tantas muestras de cariño», reconocía Margarita antes de entrar a la iglesia para despedir al amor de su vida, «le quería tanto», insistía. No era la única. Todos los que allí estaban querían a un hombre bueno, a un «ovetense absoluto», como lo definió el exalcalde de Oviedo, Wenceslao López, que coincidió en el funeral, aunque no se cruzaron, con otro exalcalde, Gabino de Lorenzo, y con el actual regidor, Alfredo Canteli.

La Corporación estuvo representada también por los concejales de Ciudadanos, Luis Pacho y Yolanda Vidal, que no pudo entrar al templo debido a los problemas de accesibilidad que tiene. De todos modos, Vidal no podía faltar en la despedida a un hombre al que quería, admiraba y respetaba. Ella, profesora del Conservatorio, sabe bien lo que significó Jaime Álvarez-Buylla para la música clásica en Oviedo. Así que aun sabiendo que no podría entrar acudió al funeral a mostrar sus respetos por el fallecido, igual que había hecho el día anterior en el tanatorio de Los Arenales.

Vidal se hubiese emocionado, y mucho, en el interior de San Isidoro, como les ocurrió a los que allí estaban al escuchar ese «A te, o cara» y el «Pie Jesu» del Réquiem de Fauré interpretado por la soprano Beatriz Díaz, a la que el fallecido admiraba. Cuando la intérprete se situó detrás del coro y comenzó a cantar el réquiem, la emoción fue tal que las lágrimas empezaron a brotar en silencio entre los asistentes al funeral y entre los miembros del coro de cámara Tesitura. Las notas del órgano de Marcos Suárez y la voz de la soprano eran el mayor homenaje que se le podía hacer al fallecido.

La música fue la gran protagonista de la vida de Jaime Álvarez-Buylla y también lo fue de su despedida. A la entrada del féretro sonó «Lacrimosa dies illa» del Réquiem de Mozart. Durante la comunión, el cellista Gabriel Ureña interpretó el «Cants del ocells», de Pau Casals. Otro de los momentos más emotivos llegó de nuevo con la voz de Beatriz Díaz y el «O mio babbino caro», la famosísima aria de Puccini. El coro cerró la ceremonia con el Himno de Covadonga.

Jaime Álvarez-Buylla fue despedido con toda la emoción que es capaz de transmitir la música, una emoción que movió su vida y que logró inculcar a todos los que le conocían. Hasta al párroco que ofició su funeral, José Luis Alonso Tuñón. «La única vez que tuve un desencuentro con Jaime fue por la música, a mí no me gustaba un coro y él decía que no era el de Viena, pero que bueno…», explicó durante la homilía. La anécdota le sirvió al sacerdote para subrayar que el fallecido gustaba de «descubrir los aspectos positivos de las situaciones y de las personas». Alonso Tuñón respaldó los elogios que sobre Jaime Álvarez-Buylla se han leído y escuchado estos días, «pero Jaime era eso y mucho más», aclaró, porque «no alcanzamos a explicar con palabras lo que sentimos en el corazón».

Al igual que muchos otros, el sacerdote destacó la profesionalidad, la bonhomía y la labor cultural que Jaime Álvarez-Buylla desarrolló a lo largo de su vida, pero a eso añadió que «toda esa gran persona que fue en su vida lo fue apoyado en la fe». Esa condición de creyente le sirvió también en su carrera como médico, para «unir la ciencia y el cuidado humano y cercano del enfermo, en ese momento el que todos nos sentimos abandonados», resumió Alonso Tuñón.

La Nueva España, 5 de julio de 2020 ● David Orihuela