Texto íntegro del pregón de Beatriz Díaz en el arranque de las fiestas de San Luis Gonzaga


Texto íntegro del pregón de Beatriz Díaz en el arranque de las fiestas de San Luis Gonzaga

«Para mí Villada significa vacaciones y esparcimiento, y es sinónimo de relax, de desconexión, de recargarse las pilas, de disfrutar junto a los míos y con vosotros, que es el mayor privilegio que nos brinda la vida»

 

Villadinas y villadinos, amigas y amigos todos:

Es para mí un honor aceptar el reto de dirigiros la palabra para dar comienzo a las grandes fiestas de Villada; a los atractivos festejos de esta hermosa localidad palentina, en plena Tierra de Campos, surcada por el río Sequillo, de un pasado ciertamente esplendoroso y con un florido futuro por delante, a la que me unen tantos lazos de amistad y tantos inmejorables momentos.

Dos han sido los motivos que me impidieron acompañaros aquí en dos ocasiones anteriores pero, como reza el dicho, a la tercera va la vencida. La primera fue por tener que afrontar un compromiso laboral inaplazable; la segunda, por una razón muy especial para mí y que comprenderéis muy bien quienes ya habéis pasado por la experiencia gozosa de ser padres y madres: el 21 de julio de 2016 nacía la personita que más quiero del mundo, llegaba a la vida mi querido hijo Luca. Y lo hacía, precisamente, el mismo día en el que honramos a San Luis Gonzaga, patrón de estas celebraciones festivas que empiezan esta madrugada y coinciden con el comienzo del verano.

Ahondando en la vida del santo he de deciros que compartimos Italia como un suelo colmado de íntimas conexiones: él por tener allí el origen de su venerable cuna y yo por sentirme bendecida por el vecino país, donde cursé buena parte de mis estudios vocales y donde vengo desarrollando mi carrera como soprano en diversos templos de la lírica.

No acaban ahí las curiosas similitudes ni la estrecha relación entre el jesuita y algunos personajes operísticos. Su madre, Marta Tana de Santena, fue dama de la reina Isabel de Valois, quien juega un papel importante en la ópera Don Carlo, tanto como destaca en la misma obra Felipe II, a cuyo servicio se mantuvo su padre Ferrante Gonzaga. O como el Duque de Mantua, que emerge con fuerza en el título Rigoletto, por ser el bastión de la Corte donde vivió nuestro coronado religioso, a quien si hoy hubiera que ponerle un fondo musical para referirnos más extensamente a su vida consagrada, con razón lo hallaríamos entre estas partituras de Giuseppe Verdi.

La música es un lenguaje universal que enriquece nuestro espíritu, alienta nuestra cultura y reverdece nuestros recuerdos. Todos guardamos en la cabeza las melodías que sonaron en algunas ocasiones inolvidables y cada vez que volvemos a escucharlas rememoramos aquellos momentos con todo lujo de detalles. En mi caso, es mi fiel compañera y me acompaña desde que tengo uso de razón. Me inicié en el mundo del canto gracias a mi padre, quien me enseñó de primera mano los secretos de la tonada y a los seis años me subí a un escenario por primera vez para interpretar esta modalidad tan genuina del repertorio asturiano. Así fui adquiriendo, poco a poco, las tablas necesarias para intentar mostrarme ante el público con sencillez y naturalidad y dispuesta siempre a dar lo mejor de mí misma con autenticidad y con entrega.

A la ópera llegué después. Fue una evolución fortuita, un género del que no sabía nada, al que me fui acercando desde cero, paso a paso; un mundo mágico que por los caprichosos destinos del azar acabó convirtiéndose en el centro de mis intereses artísticos, siempre con el apoyo incondicional de mi familia en las duras y en las maduras.

Muy a pesar mío, quienes menos tiempo disfrutaron de mis actuaciones fueron mis abuelos Ricardo y Nieves. Pero me alegra pensar que, allá donde se encuentren ahora, estarán orgullosos de verme leer este pregón en la amable población que siempre tuvieron como su segundo hogar. Permitidme, pues, que estas palabras sirvan también como un homenaje a ellos, verdaderos artífices de que durante cuatro generaciones hayamos veraneado en Villada rodeados de vuestra gentil hospitalidad, y arropados por el respeto y el afecto del que también pueden dar fe los asturianos que hoy nos acompañan en esta plaza, donde todos sois bienvenidos y donde nadie es forastero.

Corría el año 1967 cuando mi abuelo, minero de profesión, decidió invertir sus pequeños ahorros en una casa situada en estas anchas tierras de Castilla para «venir a secar»… como decimos en Asturias. La Plaza del Rollo fue la ubicación elegida. Recuerdo con inmenso cariño aquella vivienda, sobre todo porque contaba con un patio en la parte de atrás donde mi abuelo tenía su huerta, mi abuela tenía sus gallinas, recogíamos ciruelas y pasábamos las horas correteando.

Finalizaba el colegio y al día siguiente se iniciaban las vacaciones. Comenzaba la excursión a Villada. Y digo excursión porque con mis abuelos era toda una aventura. Subíamos el puerto San Isidro y allí comíamos empanada y tortilla mirando al pantano. Mi abuelo descansaba y proseguíamos. Tras ver varios campos de girasoles y muchas amapolas, e impaciente por llegar al destino, el avistamiento del castillo de Grajal te prevenía: estábamos llegando. Y ese trayecto duraba un suspiro, ya que la imaginación volaba pensando en quién habría habitado aquella ilustre morada. Y así pasábamos el día de inicio de nuestras vacaciones en Villada. Aquí aprendí a nadar, en la piscina municipal; aquí di mis primeras pedaladas en bicicleta; aquí me divertí con mis amigos de la pandilla; aquí descubrí las famosas pipas Facundo, bolsa tras bolsa, dale que te pego, cada noche en la plaza; aquí estudié piano, gracias a Don Juan, que me facilitó un órgano; y aquí colaboré con la agrupación coral en la parroquia de Santa María de la Asunción y en la iglesia de San Fructuoso. También aquí mi hijo dio sus primeros pasos junto a su primo Mateo, incansable compañero de juegos y aventuras.

En fin, fui muy feliz y mis abuelos también, tanto que acabaron comprando la casa que ahora habitamos y abrieron en 1975 el bar «El bodegón» coincidiendo, exactamente, con el inicio de las fiestas de aquel año. Si a esto sumamos que mi tía Beni y Armando también veraneaban en Villada y mi tía Maruja y Manolín en Pozo, razón de más para sentirnos todos como en casa.

Así que, queridas amigas y amigos, para mí Villada significa vacaciones y esparcimiento, y es sinónimo de relax, de desconexión, de recargarse las pilas, de disfrutar junto a los míos y con vosotros, que es el mayor privilegio que nos brinda la vida.

Por tanto y por todo, sólo me resta agradecer al ayuntamiento y a la comisión de festejos la confianza que me habéis otorgado, decirle al alcalde que recojo con satisfacción el guante de considerarme digna de ser nominada «astur-villadina», felicitar a las «Damas y al Caballero de Honor 2018», escuchar el estruendo del chupinazo y desearos unas fiestas redondas y en la mejor compañía, donde la alegría sea el hilo conductor y la sonrisa la banda sonora.

¡Muchas gracias, a todos los presentes, y felices fiestas!

Beatriz Díaz, 20 de junio de 2018