Tirar la primera piedra

Tirar la primera piedra

Estreno de «La dama del alba» de Luis Vázquez del Fresno en la Ópera de Oviedo


La Ópera de Oviedo está de celebración esta temporada, pues el próximo 2023 cumplirá su 75 aniversario. Y para esta ocasión tan especial, se ha optado por una programación que no lo es menos, con el estreno de una obra totalmente nueva basada en el texto de Alejandro Casona: La dama del alba.

Esta nueva ópera, que es el sueño de Luis Vázquez del Fresno, representa en opinión de quien firma una de las apuestas más ambiciosas y arriesgadas que la temporada ovetense ha llevado a cabo en su pasado reciente. No sólo por el hecho de ser una obra totalmente nueva, sino por las formas tan marcadamente contemporáneas que demuestra tanto en el tratamiento de las voces como al momento de la orquestación. Vázquez del Fresno hace uso de una abrumadora cantidad de recursos sonoros con los que ofrece, como hicieran los Ismos a principio del siglo XX, visiones diferentes del arte, la estética y la belleza.

De esta forma, la música parece recrudecer los aspectos más dramáticos y oscuros del texto de Casona, provocando una cierta sensación de angustia que resulta casi constante a lo largo de toda la obra. La elección misma de una voz tan «poco natural» como es la de un contratenor para encarnar el rol de la peregrina impide que la tensión se relaje ni siquiera en los momentos más inocentes, recordándonos permanentemente que algo extraño o inhumano lleva asociado ese personaje que no es otra cosa sino la personificación de la muerte.

No es La dama del Alba una obra con la que el público salga del teatro tarareando sus melodías. Tampoco lo pretende, y es por ello que la apuesta desde la Ópera de Oviedo ha sido doblemente arriesgada, por la elección del repertorio y por lo señalado de la fecha con el estreno de su temporada de aniversario. Ya nos advirtió Oscar Wilde de que «todo santo tiene un pasado», y el hecho de ver en los históricos de las temporadas nombres capaces de hacer salivar a cualquier aficionado al género, como Pavarotti, Freni o Kraus, tampoco debe hacernos caer en el error de pensar que todo en aquel entonces era perfecto, pues muchas veces estas figuras o bien acudían a Oviedo en el zenit o el ocaso de sus carreras o bien lo hacían rodeados de una escenografía de auténtico cartón piedra cuyo coste permitía dejar algo con lo que hacer frente al caché del susodicho. Que ese modelo no es el acertado ni está de moda lo sabemos todos. No obstante, incito a tirar la primera piedra a aquél que nunca haya soñado en estos últimos años con escuchar una gran noche de una gran voz sobre las tablas de nuestro querido Campoamor.

La experta presencia de Emilio Sagi como director de escena permitió, sin duda, que la propuesta ganara enteros tanto en agilidad como en dramatismo, estando acompañada además por el trabajo de Daniel Bianco como escenógrafo, quien supo jugar con los recursos disponibles para crear ambientes distintos en cada uno de los actos. A todo ello, desde el punto de vista dramático, se debe sumar el buen hacer del joven David Lagares, cuyo aplomo escénico y vocal encarnando el rol del abuelo fue sin duda el pilar sobre el que logró sostenerse la práctica totalidad de la obra durante toda su primera parte. David, ya lo he mencionado en otras ocasiones, me parece un artista ciertamente notable, con unos medios redondos y una capacidad escénica envidiable que, sin duda, merecerá la pena seguir a lo largo de su prometedora carrera.

Mikel Uskola, por su parte, trató de dar lo máximo de sí a la hora de interpretar el complejo rol de la peregrina cuya partitura, en demasiadas ocasiones, le demandaba cantar más allá de la frontera grave de su registro, causando esto notables estragos en su proyección que, por momentos, hicieron su voz prácticamente inaudible más allá del muro orquestal erigido por Vázquez del Fresno.

Notables, por su parte, Marina Pinchuk y Sandra Ferrández a la hora de defender sus roles como Telva y Madre respectivamente. Observación que se hace también cierta para Beatriz Díaz como Adela, que debió hacer frente a un rol verdaderamente exigente para la soprano, endiablado tanto en tesitura como en fraseo.

Cerrando el elenco femenino, fue muy gratificante escuchar a Carmen Solís en todas sus intervenciones como Angélica que, si bien, nos resultaron escasas habida cuenta de la extensión de los otros roles en los que, quizá, habríamos podido disfrutar con mayor acierto de las capacidades vocales de la soprano pacense. En su cuerda, Juan Noval-Moro hizo gala de un generoso caudal sonoro como Quico, mientras que el jovencísimo Santiago Vidal, por su parte, no tuvo una buena noche como Martín, defendiendo el rol apoyado por una voz demasiado incorpórea para lo que se esperaba de su personaje.

Merece la pena destacar el esfuerzo de Rubén Díez como director frente a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, demostrándose buen conocedor de la partitura e inspirando así con su ejemplo a los músicos de la sinfónica asturiana para quienes, tal y como sucede con los de cualquier otra orquesta, nunca resulta fácil ampliar repertorio con obras nuevas y complejas como las que nos ocupa. Por esto mismo, resultó igualmente reseñable la labor del Coro Intermezzo cuyas intervenciones, especialmente notables a lo largo de la segunda parte, continuaron destilando esa pulcritud a la que nos tiene acostumbrados.

Platea Magazine, 19 de septiembre de 2022 · Javier Labrada



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