«Todo Beethoven» en Málaga

«Todo Beethoven» en Málaga

Virginia Martínez dirige a la Filarmónica de Málaga y Beatriz Díaz cantará por primera vez la aclamada «Novena».

 

La directora de orquesta murciana Virginia Martínez, actual titular de la Orquesta Sinfónica Región de Murcia, acudirá a Málaga los próximos jueves 19 y viernes 20 de diciembre para ponerse al frente de la Orquesta Filarmónica de Málaga en su llamado Concierto de Navidad. En él, siguiendo con el homenaje que la formación está dedicando a Beethoven por su 250 aniversario, interpretará su «Concierto para piano nº2», con Juan Barahona como solista; además de la «Novena Sinfonía», contando con el Coro de la Ópera de Málaga y las voces de Beatriz Díaz, Anna Bonitatibus, Johannes Chum y Werner van Mechelen.

En las notas al programa escribe José Antonio Cantón: Dedicada a Federico Guillermo III de Prusia, la «Novena Sinfonía» de Beethoven se estrenó en el Kärntnertortheater de Viena el 7 de mayo de 1824 bajo la dirección de Michael Umlauf, asistido por Ignaz Schuppanzigh y el propio Beethoven que, de pie, pasaba las páginas. Las controvertidas opiniones que suscitó se esfumaron ante el juicio de Wagner después de oírla por vez primera: «La última sinfonía de Beethoven redime la música, por su virtud más íntima, y la lleva hacia el arte universal del futuro. Después de la “Novena” no es posible progreso alguno, puesto que sólo la puede seguir directamente la consumada obra de arte del porvenir, es decir, el drama universal cuya clave artística nos ha dado Beethoven».

El musicólogo Joseph Kerman apunta acerca de Beethoven: La decisión de llegar a tocar a la humanidad común en la forma más desnuda posible. Nunca en el pasado había experimentado Beethoven con tanta urgencia la necesidad de inmediatez. Hay algo verdaderamente conmovedor en el hecho de ver a este compositor, que había alcanzado las alturas de la sutileza en la manipulación pura de los materiales tonales, atacando las barreras a la comunicación con todas las armas de sus conocimientos. El mayor ejemplo de este impulso es la «Novena Sinfonía».

La necesidad de comunicarse le llevó a la franqueza de las palabras. La sinfonía, que comienza con un murmullo velado de las cuerdas, concluye con un final operístico; de la vaguedad a lo concreto, del misterio a la alegría, de lo abstracto a lo humano, la «Novena» no puede contentarse con el sonido instrumental. Así Beethoven introdujo la «Oda a la Alegría» de Schiller, un texto donde el poeta (y por lo tanto el compositor) predice la hermandad de todos los hombres. Aunque el texto es ingenuo y sentimental (el poema de Schiller era, por lo menos en parte, una canción para brindar). La yuxtaposición de esta alabanza de la alegría con la tragedia, de la sátira demoníaca y la sublimidad de los primeros tres movimientos es profundamente significativa. Beethoven no sólo parece estar abrazando a millones de seres, sino diciendo que, al creer en la alegría de la hermandad, la humanidad puede elevarse por encima del dolor de la vida y del hecho de vivir.

Los sentimientos que expresan los versos de Schiller bien pueden parecer extraños a un mundo que ha conocido a Hitler y Stalin, que ha visto Auschwitz y Vietnam, pero la interpretación que hizo Beethoven de esas palabras sigue siendo una luz de esperanza. Esto se debe a que Beethoven utiliza las palabras de Schiller como una solución a los problemas universales de la humanidad señalados en los primeros tres movimientos. Beethoven hace algo más que unirse a la alabanza de Schiller a la alegría. Nos dice que es en la creencia en la hermandad y en la alegría donde yace la salvación del hombre. Beethoven hace que su coro cante no lo que es sino lo que podría ser, no la condición actual de la humanidad sino su potencial.

Expresa este mensaje de esperanza después de haber dado viva voz a otros aspectos de las emociones humanas en el primer movimiento, oscuro y trágico, el scherzo obsesivo y el adagio tranquilo.

Una docena de años separan la terminación de las «Sinfonías Octava» y «Novena» de Beethoven. Durante ese intervalo escribió principalmente música de cámara, música para piano solo, canciones y la Missa Solemnis. Estableció el estilo íntimo de sus últimos años, que en muchos sentidos resulta antitético respecto de las grandes fuerzas orquestales (y respecto de los conciertos y de las óperas).

La «Novena Sinfonía», que reúne ciertas ideas con las que el autor había estado jugando a lo largo de toda su edad madura, vuelve la mirada hacia el período heroico intermedio pero lo hace a través del filtro de este estilo personal de los últimos años. Los primeros tres movimientos son, a su modo, tan extravertidos como la «Quinta Sinfonía», mientras que el final coral se acerca a la pujanza de los conciertos y de la ópera Fidelio.

Ya en 1793 Beethoven había expresado su intención de componer un arreglo de la «Oda a la Alegría» de Schiller. En 1798 hizo un arreglo preliminar del texto de Schiller, como canción. En 1808 escribió la fantasía «Coral», que llegó a ser una pieza de estudio del final de la «Novena Sinfonía». En la fantasía, experimentó con una forma en la que el coro hace su entrada después de una sección orquestal ampliada. El tema del coro principal, que tomó de una canción que había compuesto en 1795, es muy similar a la melodía de la «Alegría» de la sinfonía. En 1812 se propuso realizar una sinfonía usando el texto de Schiller en el final. En 1815 apuntó las primeras notas de lo que iba a convertirse en el tema del scherzo de la «Novena».

Beethoven continuó bosquejando la obra pero no se puso a trabajar en serio en ella hasta 1822. Todavía en el verano de 1823 planeaba un final completamente instrumental. El tema para ese rechazado movimiento se convirtió finalmente en la melodía principal del último movimiento del «Cuarteto para Cuerdas en la menor, Opus 132». Una vez decidido por completo a adoptar el final coral, el compositor experimentó la mayor dificultad: cómo pasar de las partes instrumentales de la sinfonía al final coral.

Beethoven elaboró muy bien las variaciones del tema «Alegría» antes de componer la introducción instrumental del final. Según su amigo Antón Schindler: Cuando llegó el desarrollo del cuarto movimiento, empezó allí una lucha tal como pocas veces se ha visto. El objetivo era encontrar una manera apropiada de introducir la «Oda» de Schiller. Un día, al entrar en la habitación, Beethoven exclamó: «¡Lo tengo, lo tengo!». Me mostró su cuaderno de notas con las palabras: «¡Cantemos la canción del inmortal Schiller!», después de lo cual un solo de voz comenzó directamente el himno a la alegría.

Debido a su sordera, Beethoven no pudo dirigir el estreno de su obra. Sin embargo, supervisó los ensayos. Airadamente se negó a aceptar las peticiones de los cantantes en el sentido de modificar la música para hacerla más fácil. Como sabían que no podía oír, ellos simplemente omitían las notas altas. El verdadero director dio instrucciones a los músicos para que no prestaran atención al compositor, en caso de que este comenzara a marcar el compás.

Beethoven no podía oír el estreno, pero lo siguió en una copia de la partitura, imaginando en su mente los sonidos que todos los demás escuchaban. Al final de la ejecución, él todavía estaba enfrascado en su partitura sin poder oír los aplausos. Uno de los solistas le tocó el brazo y le hizo girar para que pudiera ver las manos que aplaudían y los pañuelos que se agitaban en el aire. Entonces el compositor se inclinó y saludó a la audiencia. Pudiera o no la mayoría del público comprender esta música absolutamente original y, sin duda interpretada pobremente, muy pocos sin embargo habrán podido evitar conmoverse a la vista de este gran genio de la música agradeciendo aplausos que no podía oír, así como no había podido oír la música que los motivaba.

Platea Magazine y Diario Sur, 19 de diciembre de 2019



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