«En mi caso, el envoltorio engaña»


«En mi caso, el envoltorio engaña»

«Los alleranos somos cabezones para lo bueno y lo malo. Dominamos la técnica del martillo pilón», cuenta la soprano de Boo del secreto de su éxito

 

Beatriz Díaz (Boo, 1981) volvió a nacer en 2009, cuando regresaba de su despedida de soltera. Así que ahora celebra dos cumpleaños. Quedaba una semana para su boda cuando el turismo en el que viajaba junto a dos amigas dio varias vueltas de campana en la autopista, a la altura de Puebla de Sanabria. «Aquello fue una hecatombe. El coche quedó pa tirar. Rompí dos vértebres dorsales, donde va el anclaje superior del diafragma… y pensé que a lo mejor nunca podía volver a cantar. Esto fue un sábado y yo me casaba el sábado siguiente. Salí del hospital el jueves envasada al vacío. Me trajeron desde Zamora en ambulancia. Mi madre me preguntaba: ‘¿Pero tú te vas a casar así?’. Y yo: ‘Sí, sí, me caso’. Y me casé con moretones, un ojo rojo y un corsé que tuve que llevar tres meses. Fue una boda muy emocionante porque piensas: ‘Me podía haber muerto y estoy aquí’. A veces, no les damos valor a la vida hasta que nos mete un arreón. El médico me dijo que estuve a milímetros de quedarme paralítica, así que en la boda bailé como Robocop, pero no se me ocurrió quejarme», cuenta. Y la anécdota resume a la perfección el carácter de la soprano, que tuvo que hacer un trabajo de rehabilitación a marchas forzadas para estar cantando al poco tiempo junto a Ricardo Muti. «Lo de ser allerana es lo que tiene. Somos muy cabezones para lo bueno y para lo malo. De la viga atravesá de todas todas. Dominamos la técnica del martillo pilón».

-Acaba de celebrar quince años de carrera en la música y dicen de usted que es la mejor soprano asturiana de todos los tiempos.

-¡Buenooo! (Ríe). Eso dicen, pero del dicho al hecho hay un trecho. Yo lo que intento es ser buena en mi trabajo y mejorar día a día. No por lo que digan, sino por sentir que estoy haciendo lo que tengo que hacer, con mis épocas mejores y peores. En las que suena el teléfono y en las que no suena. No hay más secreto que el estudio constante. Eso sí: nadie me regaló nada. Estoy aquí porque tengo detrás un trabajo serio de muchos años. Tienes que dar tu mejor versión. Y luego si te dicen que no en una audición o hay personas a las que no les gustas, no pasa nada. La vida es eso, pero hay que seguir remando.

-¿Sufrió alguna vez cantando?

-En quince años, hay momentos complicados. Por ejemplo, me tocó cantar tanto en el funeral de güelita como en el de güelito. Pensé que era el mejor homenaje que les podía hacer y quiero pensar que me están viendo desde algún sitio. Ahora téngolos siempre en primera fila.

-¿Y alguna vez soñó con llegar hasta donde ha llegado?

-No. No fue nada premeditado. Todavía no me explicó cómo una cría de Boo llegó a cantar ópera (Ríe). Nadie se imaginaba que yo me iba a dedicar a esto porque era un mundo que en mi familia no conocíamos. De hecho, hay mucha gente que no se lo cree. Cuando me preguntan que a qué me dedico me miran con cara de: «¿Cómo vas a cantar ópera si no estás gorda ni eres mayor?». Y también hay mucha gente que me pregunta: «¿Pero no lleves micro?». En mi caso, el envoltorio engaña. Un 99% de quien me conoce de otros ámbitos, no acertaría mi profesión de ninguna manera.

-Creo que en todo esto tuvo mucho que ver su padre, Ricardín de Boo.

-Sí. Él cantaba tonada. Iba a concursos y yo, con él. Oía aquella música continuamente y para mí la canción asturiana era la normalidad. De aquella, en las fiestas de Boo, hacían un concurso pa los críos y nos daban un juguete por cantar. Era ‘Operación Triunfo’ en versión allerana (Ríe). A mí me preguntaron: «¿Qué vas a cantar?». Y yo dije que ‘El pintor que pintó a Xuana’. Tendría seis o siete años.

-Y ganó, claro.

-Me presenté hasta los diez y gané siempre. Ya tenía complejo de abusona (Ríe). Así que mi padre, que ye mineru y cerrajeru y que llegó tarde a la canción, vio que tenía aptitudes y pensó que tenía que darme las herramientas que él no tuvo y me llevó al Conservatorio de Aller. De hecho, el año que abrió, allí estaba yo. A la puerta (Risas). Hice el grado elemental de música, pero el piano no era lo mío. Me costaba la misma vida porque yo era una cría muy inquieta, incapaz de estar una hora o dos horas delante de un piano a no ser que me clavasen con chinchetas.

-De ahí, al Conservatorio Oviedo, donde no la admitieron.

-Cuando fui a hacer la prueba, no sabía cómo iba a ser. Estábamos yo, con 15 años, y tres chavales con 28 y experiencia. Yo no tenía ni idea, así que no me cogieron y lo entiendo. Pero estoy agradecida porque, gracias a eso, encontré a mi maestra al lado de casa. Tuve una suerte loca porque no ye lo habitual. Lo habitual ye tener que marchar fuera como luego hice para estudiar con Freni o Caballé. No tengo inconveniente en vivir en cualquier parte del mundo, pero el sitio donde me siento protegida y me gusta estar es Asturias porque mi gente está aquí. De vez en cuando necesito ver verde. Soy así. Tengo ahí esa vinculación y no la quiero cortar.

-Y a abandonar Biología para triunfar en medio mundo.

-Llegué a estudiar dos años de la carrera. Yo muchas veces dejo que las cosas fluyan. Me dejo llevar hasta que no hay más remedio que tomar una decisión. Y con la facultad pasó eso. Iba a clase y había muchísimas prácticas. Hasta que una vez que tenía una audición fui a hablar con un profesor para cambiar un horario y me contestó: «Pues cante usted otro día». Hasta ahí llegué. Dije: «¿Biolo qué?».

-Ocurrió que la guaja de Boo se cortó la melena. Literal y metafórica.

-Lo del pelo fue un día pa otru. Llegué a la peluquera y dije: «Córtame la melena». Ya sabes: renovarse o morir. Dicen que los cambios de look tienen que ver con los cambios interiores y a mí siempre me gustó cambiar. Cuando tenía 15 años, ya llevaba el pelo de colores. Por eso soy tan teatrera, porque me encanta cambiar de personaje.

-Nadie diría que detrás de la estrella de la lírica hay una tímida.

-Para ciertas cosas, soy tímida, pudorosa, comedida, como mi madre. Y, para otras, soy una loca. Por ejemplo, cuando salgo al escenario, no lo pienso, porque, si piensas en la cantidad de ojos que te observan, te bloqueas. Salgo ahí arriba y me olvido de todo. Pero, luego, a lo mejor, tengo que saludar a alguien a quien admiro mucho y me muero de vergüenza. El divismo lo dejo para el escenario, pero mi vida cotidiana es de lo más normal. Excentricidades, pocas. Soy la mujer de Jorge, la hermana de Nieves, la madre de Luca…

-…A punto de estrenar en Málaga ‘Così fan tutte’. ¿Cómo se arregla?

-En comuna y con una logística grande. A Málaga viajaremos todos porque mis padres ya están jubilados y Jorge, que es bombero de Emergencias del Principado, irá cuando pueda. El nenu va conmigo y, a lo mejor, para él, la ópera va a ser la normalidad como para mí lo era la canción asturiana. Y dirán: «¿Y esti nenu por qué ye tan rarín?» (Risas). Lo que me sorprendió mucho cuando lo tuve es que varias mujeres jóvenes me preguntasen si no iba a dejar de trabajar.

El Comercio, 14 de enero de 2018 • A. Villacorta