Operación diva


Operación diva

Los profanos en ópera tendemos a creer que las divas del bel canto precisan de un considerable volumen, llámenlo capacidad pulmonar, para dar el do de pecho como Dios manda, teoría estúpida que a Beatriz Díaz le persigue cada vez que alguien le pregunta por su trabajo. «Soy soprano», contesta ella con los ojos muy abiertos y muy grandes para compensar su escasa estatura; no más de metro sesenta de asturiana con tan cerrado acento que es difícil creer que a la hora de interpretar zarzuelas sea más chulapa que ninguna. Tampoco es fácil imaginar que hace una chica como ella, con la carrera de Biología a medio terminar, en un sitio como éste, el Teatro Real de Madrid.

Concretando, podríamos quedarnos con que hace de Juliet en El pequeño deshollinador y que cada vez que abre la boca los que se quedan boquiabiertos son los demás. Sin saber que la sorprendida es ella, que hasta los 19 años –hace cinco nada más– no vio una ópera en directo, más preocupada por cantar en su coro de música popular asturiana y por tararear, si acaso, alguna de Mariah Carey y Whitney Houston e incluso de Los Suaves si el plan era ir a un concierto. Ahora la cosa ha cambiado, claro, y para que no pensemos que se ha convertido en una «friki» del bel canto evita decir cuántos discos acumula, obsesionada por atrapar todas las voces que algún día fueron Aida, Carmen, Lucia… Al menos uno de sus sueños lo ha conseguido ya: cantar al lado de Mirella Freni, su ídolo. Beatriz es la única alumna española de la soprano italiana en la escuela que dirige en Vignola, cerca de Bolonia. Por eso no le ha quedado otra que aprender italiano, por eso y porque habla tanto que no tenía intención de quedarse muda por una absurda barrera idiomática.

Cuando ya parece que el oído se va afinando, que aflora la sensibilidad musical, algo atrofiada tanto en fotógrafo como en redactor, va el primero y le pregunta a la diva en ciernes que si alguna vez pensó en presentarse a «Operación Triunfo». Es otra y ya estamos recogiendo los bártulos, pero Beatriz se parte de risa y dice que no, que nunca cantaría otra cosa que no fuera clásica, porque así es como entiende ella su profesión, un trabajo en el que, cuando terminas, además de pagarte, la gente te aplaude… o te abuchea; pero no pega tu foto en la carpeta. Llegados a este punto de la conversación, ya qué más da, le proponemos un «Operación Triunfo» de tenores y de sopranos, convertirla en «Bea de España» y mandar mensajes para que se quede en el «Real», pero ella cree que no funcionaría, que el mundo de la música clásica no tiene tanto tirón. Eso, a pesar de que talento hay más del que creemos, pues sólo entre sus compañeros de piso hay un «Bisbal» del chelo, otro de la dirección de orquesta y otro más que canta también en el «Real»; cuatro dormitorios con Wagner como única arma de destrucción «heavy» para dar la lata a los vecinos.

El desenlace

Lo único que nos quedaba para desmontar el mito de que las sopranos son unas divas, talla arriba talla abajo, era hablar del final de «Pasión de Gavilanes», de pasión por las rebajas y de los politonos del móvil. Porque Beatriz quiere que en el suyo suene Campanera, pero el cacharro, que le ha salido purista, no se deja. Tras varios intentos el encuentro acaba con un desenlace porco operístico pero muy feliz: ella se va encantada con su Joselito; fotógrafo y redactor, con el número de teléfono de una diva en ciernes.

La Razón, 22 de enero de 2006 (Tiro al plato)